Enamoramiento: ¿Y si me vuelvo a enamorar? amor adulto entre dudas y armaduras

El hombre frente a mí llevaba veinte minutos explicándome que él ya no se enamoraba.

Tenía sesenta y tantos, una camisa impecable y la convicción de quien ha decidido que ciertas cosas pueden resolverse por decreto. Sin embargo, recordaba cómo tomaba yo el café, había reservado la mesa que me gustaba y, cuando me levanté para ir al baño, siguió con la mirada mis pasos entre las mesas.

Pensé en preguntarle si todo aquello venía incluido en su servicio de amistad.

En cambio, sonreí.

Hay hombres que pueden reconocer una mala inversión, una lesión de rodilla y hasta un matrimonio desastroso. Pero decir «creo que me estoy enamorando» les exige una vulnerabilidad para la que no encuentran ropa adecuada.

Y tampoco es que nosotras siempre lleguemos dispuestas a quitarnos la armadura.

Hoy, en Viernes de Definiciones, la palabra es enamoramiento: ese estado de atracción amorosa que parece tan sencillo cuando cabe en una línea y tan complicado cuando se sienta frente a ti a pedir vino.

La primera vez que intentamos entenderlo quizá estábamos en el kínder.

Alguien nos jalaba los chonguitos y un adulto decía: «Es que le gustas». Una explicación bastante desafortunada para inaugurar nuestra educación sentimental. Nosotras solo sabíamos que queríamos sentarnos junto a cierta persona y que compartirle los colores tenía una importancia inexplicable.

Después llegó la adolescencia.

El chico guapísimo del salón estaba viendo hacia donde tú estabas sentada. Mirabas detrás de ti, por supuesto. Debía haber alguien más.

Pero no.

Te estaba viendo a ti.

A ti, que esa mañana habías decidido que tu pelo era espantoso, que tu uniforme te quedaba fatal y que jamás tendrías nada particularmente interesante.

Él sonreía y, durante unos segundos, todas aquellas certezas se derrumbaban.

El corazón hacía algo escandaloso. Las manos sudaban. Tu mejor amiga tenía que acompañarte a enfermería porque tú jurabas que algo te estaba pasando.

Algo te estaba pasando, efectivamente.

Y todavía ni siquiera habían hablado.

Años después, estás sentada en otro restaurante.

El hombre es atractivo. La conversación fluye. Te hace reír. Cuando se acerca para escucharte entre el ruido, te gusta cómo huele.

El teléfono vibra dentro de tu bolsa: un mensaje de casa.

Contestas, revisas la hora y calculas cuánto tardarás en volver.

Puedes desear que te bese y estar pensando en el desayuno de tus hijos. Las dos cosas caben en la misma mujer, aunque las películas rara vez se detengan a mostrarlo.

Al despedirse, te dice que quiere volver a verte.

Tú también quieres.

Llegas a casa, te quitas los zapatos y encuentras esa tranquilidad que te ha costado tanto conseguir. Tu lámpara encendida. Tus cosas en su lugar. El silencio, por fin, a tu gusto.

Entonces piensas en lo agradable que fue la cena.

Y después en todo lo que podría complicarse.

En otra cita, otro hombre deja el celular boca abajo apenas te sientas.

Puede no significar nada.

Tú lo sabes.

Pero también sabes que la última vez que decidiste no darle importancia a ciertos detalles terminaste reconstruyendo conversaciones a las dos de la mañana.

Así que escuchas lo que dice mientras una parte de ti observa lo demás.

Cómo habla de su ex. Si pregunta o solo espera su turno. Si el «te aviso» se convierte en un plan. Si ese entusiasmo aparece únicamente cuando ya es de noche.

Salir en citas empieza a parecerse a un juego de supervivencia en la selva, solo que llevas tacones y alguien acaba de ofrecerte la carta de postres.

Quieres disfrutar. De verdad.

Pero hay una pequeña expedición dentro de tu cabeza buscando señales de peligro.

Tal vez por eso el enamoramiento ya no siempre se siente tan bien.

La ilusión llega acompañada de preguntas que a los dieciséis no teníamos cómo formular.

¿Le gusto yo o le gusta gustarme?

¿Me está haciendo un lugar o esta misma conversación la tiene con tres mujeres más?

¿Puedo acercarlo a mi familia?

¿Y si por abrirle la puerta termino perdiendo la paz que tanto me costó recuperar?

Antes había un futuro entero por imaginar. Ahora también hay un presente que cuidar.

Y sí: a veces sentimos menos.

Menos urgencia. Menos asombro. Menos disposición a desvelarnos por un mensaje ambiguo o a cambiar todos nuestros planes por una invitación de último minuto.

Otras veces sentimos muchísimo, pero procuramos que no se note. Dosificamos los mensajes, dejamos pasar unos minutos antes de contestar y le llamamos «estar ocupadas» a esa mezcla de prudencia, orgullo y miedo.

Volví a pensar en aquel hombre que ya no se enamoraba.

Tal vez estaba enamorado y se negaba a enfrentarlo. Tal vez disfrutaba la cercanía, pero no quería asumir lo que podía venir después. Yo no podía resolverlo contando sus llamadas ni interpretando cómo me miraba.

Por mucho que una desee descubrir amor detrás de una negativa, también necesita escucharla.

A cierta edad, el misterio puede resultar seductor durante la cena y agotador durante el resto de la semana.

Busqué otra vez la definición de enamoramiento.

Me sorprendió que no mencionara el momento en que llegas de una cita, te quitas los aretes frente al espejo y te preguntas si quieres volver a sentir todo aquello.

Ni las ganas.

Ni el cansancio.

Ni el miedo de ser una más para alguien que ya está empezando a ser importante para ti.

Dejé los aretes sobre la mesa. Llegó un mensaje suyo.

«¿Llegaste bien?».

Sonreí antes de poder evitarlo.

Después pensé que quizá esa era la parte más desconcertante de enamorarse con una vida ya construida: descubrir que todavía alguien puede moverte el mundo… y tener que decidir cuánto movimiento estás dispuesta a permitir.

Caro Flores Perales


Descubre más desde El Blog de Goya

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

I’m Veronica

Un espacio donde el cine, la moda, el arte y la cultura pop se encuentran. Exploramos las tendencias, los personajes y las historias que definen nuestro tiempo, con una mirada curiosa, creativa y un poco irreverente. Bienvenidos al universo Goya!